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LA REGLA DE APLICACIÓN JOHN PHILLIPS

by | Nov 4, 2017 | Ministerio | 0 comments

A veces cantamos este estribillo que es popular por el sentimiento que expresa y porque tiene una melodía pegadiza. Lamentablemente, enseña algo que no es verdad. Nos muestra que no debemos tomar nuestra teología del himnario:

Cada promesa del Libro es mía.

Cada capítulo, cada versículo y cada renglón;

Todas las bendiciones de su amor divino,

Cada promesa del Libro es mía.

El estribillo dice dos veces que: “Cada promesa del Libro es mía”. Suena bien pero no es cierto. Cada promesa del Libro no es mía. Dios estableció compromisos con Abraham y con David, por ejemplo, que nunca estableció con nosotros. Él no nos ha prometido convertirnos en una gran nación ni prometió que encontraríamos dinastías que nunca morirían. Evidentemente debemos distinguir entre el significado de un pasaje y su posible aplicación en otras conexiones.

La interpretación de un pasaje debe buscarse en la ocasión que hizo que se escribiera y en relación a las personas a quienes fue originariamente dirigido. Solo después de establecida esa interpretación podemos hacer aplicaciones del pasaje de forma legítima a nosotros mismos. Incluso entonces debemos tener cuidado de que la aplicación que hicimos no choque con otros pasajes de las Escrituras. Las aplicaciones de un pasaje pueden ser ricas y variadas y cuando se hacen en armonía con la enseñanza bíblica que se da en otras partes, dichas aplicaciones no solo demuestran ser ciertas, sino que revelan profundidades insospechadas en el pasaje.

Hacer aplicaciones de este modo es bastante diferente de espiritualizar y alegorizar un pasaje sacándolo de contexto e introduciendo en él todo tipo de ideas extravagantes. No se nos ocurriría tratar otros libros de esa forma.

Imagine “espiritualizar” o alegorizar, por ejemplo, un pasaje de Julio César de Shakespeare. Tratemos uno como algunas personas tratan la Biblia para ver su irrealidad. La gran conspiración fue exitosa y Julio César ha muerto. Su amigo íntimo, Marco Antonio, a quien le dieron permiso para hablar en el funeral del César, da uno de los discursos más grandes de la literatura inglesa. Comienza diciendo: “Amigos, romanos, compatriotas, préstenme sus oídos; vengo a enterrar a César, no a alabarlo. El mal que cometen los hombres les sobrevive; El bien, con frecuencia, se entierra con sus huesos; Que sea así con César”.

“Espiritualizar” ese pasaje como hacen algunos expositores con pasajes de la Biblia, podría generar una interpretación parecida a la siguiente:

Antonio estaba hablando de la muerte de la república romana y del nacimiento de la nueva forma gloriosa de gobierno, el imperio.

La expresión: “Amigos, romanos, compatriotas” es una referencia a tres formas de gobierno. “Amigos” se refiere a la forma de gobierno paternal que existía cuando se fundó Roma. “Romanos” se refiere a la forma patricia de gobierno que le siguió. Tanto César como Antonio eran patricios. “Compatriotas” se refiere a la forma plebeya de gobierno, a la democracia, el ideal romano. Bruto es democracia en su forma más pura; Casio es la conveniencia política que con tanta frecuencia caracteriza a la democracia; César es el estado y Antonio el círculo que gobierna la nación.

Sería una tontería tratar el discurso de este modo. Shakespeare estaba escribiendo teatro, basado en incidentes históricos tomados en su mayoría de Plutarco y no pensó en ningún momento predicar un sermón político o esconder significados ocultos en su texto. Sería necio leer cosas que no están en la obra. Cualquiera que manejara Julio César de ese modo sería motivo de ridículo.

Evidentemente J. R. R. Tolkien temió que las personas leyeran todo tipo de tonterías en su trilogía El señor de los anillos. Intentó salvaguardarse contra cualquier intento de ese tipo en su Prólogo: “Podrían imaginarse otras disposiciones de acuerdo a los gustos o visiones de quienes gustan de las alegorías o referencias tópicas. Pero a mí no me gusta, cordialmente la alegoría en todas sus manifestaciones y siempre lo he hecho desde que me he vuelto anciano y lo suficientemente cauteloso para detectar su presencia”. Él repudia toda sugerencia de que la trilogía es alegórica.

Si no podemos tomarnos libertades con los escritos seculares, mucho menos podemos tomarnos libertades con el texto sagrado. Incuestionablemente hay profundidades ocultas en la Biblia porque Dios es su autor. Muchos pasajes tienen líneas de verdad secundarias y maravillosamente coherentes, inicialmente ocultas e insospechadas. Debido a eso, el expositor con frecuencia se enfrenta a la tentación de explorar esas verdades enterradas. Y mientras los resultados sean coherentes con todo el tenor de la verdad de la Biblia, eso puede ser provechoso. Pero no confundamos esas exploraciones con la interpretación.

Muchos mensajes excelentes de salvación han sido predicados desde la historia de Rahab y su cordón de grana; desde la historia de Naamán y su curación de la lepra; desde la historia de la cabeza perdida del hacha, o desde la historia de David y Jonatán. Grandes mensajes del evangelio han sido predicados de Apocalipsis 3:20 o de Lamentaciones 1:12 o Josué 24:15. Tal manejo del texto es válido pero solo siempre y cuando las lecciones que se desprendan de esos pasajes no violen las reglas básicas, subyacentes, de la interpretación.

Un pasaje de las Escrituras tiene solo una interpretación básica. Los que manejaran la Palabra de la verdad con sinceridad deben tratar de hallar eso antes de hacer cualquier otro uso del pasaje. La aplicación de un pasaje de las Escrituras debe estar regida por las mismas reglas de interpretación que se aplican al manejar todas las Escrituras.

Al estudiar a un personaje bíblico del Antiguo Testamento, por ejemplo, lo que hay que buscar no es algún “tipo” insospechado, sino los principios inherentes a la historia. Los mandamientos deben interpretarse a la luz del contexto cultural. Las promesas pueden aplicarse a nosotros solamente si se dirigen a nosotros o son de carácter universal. La imploración de David respecto a que el Espíritu de Dios no le fuera quitado (Sal. 51:11) evidentemente no podría ser usada por un creyente de hoy día, como queda claro por Juan 14:16. Enseñar a partir de Hechos 1:4 que debemos “esperar” al Espíritu Santo es no entender lo que se dice en 1 Corintios 12:13. Los principios sólidos de la interpretación evitarán que saquemos conclusiones equivocadas del texto sagrado. Que un texto parezca adecuado para una necesidad actual no nos da derecho a usarlo fuera de contexto como un pretexto conveniente para nuestras propias ideas sin considerar su intención original.

En ocasiones un pasaje sí tiene varias aplicaciones. La parábola del alfarero (Jer. 18) lo ilustra. La parábola ha sido empleada para describir cómo Dios vuelve a crear la tierra después del milenio, para describir nuestros cuerpos de resurrección, para demostrar cómo puede Dios supervisar nuestras vidas y traer algo bello y útil a partir incluso de nuestros fracasos, etc. Esos y otros usos similares del texto son aplicaciones. La interpretación del escenario del alfarero la da Dios mismo y claramente tiene que ver con la nación de Israel. No tenemos derecho a espiritualizar el pasaje sin reconocer primero ese hecho básico de la interpretación.

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