Mentoría para las Misiones Por Günter Krallmann #6

by | Nov 23, 2017 | Misiones | 0 comments

Mentoría para las Misiones Por Günter Krallmann #6

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IMPLICACIONES MISIOLÓGICAS:

LA ASOCIACIÓN COMO ESFUERZO INDISPENSABLE PARA TODOS LOS ESFUERZOS DE DISCIPULADO

“Cuando apuntamos a ser fructíferos, vemos que tenemos necesidad de un entendimiento inteligente de los métodos divinos a fin de que podamos aplicarlos en nuestra propia obra.”

  1. Hudson Taylor

El Método de la Compañía de Jesucristo como Prototipo

En Mateo 12:30 Jesús declaró: “El que no es conmigo, contra mí es; y el que conmigo no recoge, desparrama.” Esta declaración sobria trae a la luz que en la obra misionera, como en cualquier otra esfera de esfuerzo espiritual, no hay espacio para una estrategia ‘neutral;’ o nuestros esfuerzos sirven para los propósitos de Dios o promueven los intereses de los poderes de las tinieblas. Al mismo tiempo, las palabras de Jesús son una advertencia solemne en contra de la predisposición fatídica de planear y ejecutar actividades misioneras en base a solamente esfuerzos humanos. Fue J. Hudson Taylor, fundador de la Misión al Interior de China, que sacó a flote la pregunta: “¿No ha sido la causa del fracaso de muchos de nuestros esfuerzos el intento de hacer la obra de Dios de manera humana – y a veces hasta a la manera del diablo?”

Viendo el futuro de la obra misionera en general y el desarrollo de líderes en particular, debemos reconocer que sólo podremos lograr progresos significativos si nuestras estrategias han sido afiladas mediante la orientación apropiada ganada del pasado. “Lo que el movimiento misionero moderno necesita más que todo,” desafió J. H. Kane, “es regresar a los métodos misioneros de la iglesia primitiva.” De hecho incluso debemos dar un paso más atrás y buscar primero entender la naturaleza y significancia del paradigma supremo por las misiones de Jesucristo. Sin duda ningún escritor neotestamentario nos ayudó más a desentrañar la relevancia y las implicaciones misiológicas del prototipo de Jesús que el apóstol Pablo, que – como pionero de la empresa cristiana transcultural – interpretó e implementó los principios del modelo de discipulado consocional del Maestro.

En consideración al método de Pablo para el desarrollo del liderazgo, es digno de notar que el apóstol, a pesar de su brillantez espiritual y extraordinaria calificación teológica, no se tomó la libertad de designar un patrón propio, en lugar de ello siguió fielmente el precedente del Maestro. Por consiguiente, en nuestro deseo de dar más luces a la aplicabilidad del método de Jesús en escenarios transculturales, combinaremos el análisis extra de las características sobresalientes de su técnica con percepciones suplementarias derivadas del ministerio y escritos de Pablo.

Jesucristo como la Motivación

Como cimiento fundamental para la relación de Jesús con Dios se encontraba la realidad del amor de su Padre celestial por él. No sólo fue afirmado pública y objetivamente en su bautismo (Mt. 3:17) y transfiguración (Mt. 17:5), sino también de forma subjetiva puesto que Jesús era profundamente consciente del compromiso afectivo, tierno y bondadoso de su Padre hacia él (cf. Jn. 5:20, 10:17, 15:9, 17:24.26). El saber esto empapó a Jesús con un sentido profundo de aceptación, identidad, confianza y seguridad.

El amor divino derramado sobre él se encontró con una respuesta amorosa e incondicional de su parte (cf. Jn. 14:31). Una vez cierto escriba preguntó cuál de todos los mandamientos el Maestro de Nazaret consideraba el más relevante:

Jesús le respondió: El primer mandamiento de todos es: Oye, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos. (Mr. 12:29-31)

Sin duda la inmediatez con la que Jesús dio su respuesta inicial en forma de una cita del Shemá, ilustró de nuevo su familiaridad y adherencia al pensamiento judío tradicional. Más importante, “el primero y grande mandamiento” como el texto paralelo de Mateo lo etiquetó (22:38), comprendió secamente el enfoque principal de la perspectiva, actitud y acciones de Jesús. Mediante su vida ejemplificó de manera única lo que significa amar a Dios con todo el ser de uno.

Durante el discurso de la Última Cena Jesús les dijo a los Once: “Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado…” (Jn. 15:9). Es decir, hizo de su experiencia propia del amor de Dios el estándar para la forma en que expresó su preocupación benevolente por sus entrenados. Su amor por ellos fue activo: les protegió, instruyó, animó y sirvió; los modeló, intercedió y se sacrificó por ellos. El amor desinteresado y compasivo que le extendió a sus discípulos los motivó a asociarse con él, disipó sus miedos, los liberó para ser ellos mismos, alimentó su autoestima, inspiró confianza, abrió un camino para que descubran su identidad propia en Dios. Con razón que bajo tal tutela afectuosa el proceso de aprendizaje que deseaba el Maestro que sus protegidos experimenten probó no ser una terrible experiencia laboriosa, sino, todo lo contrario, una aventura gozosa.

Cuando Jesús puso el amor a Dios como requisito primordial ante sus contemporáneos (cf. Mt. 22:37.38), añadió a su demanda un nuevo elemento con referencia a los Doce: “El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí” (Mt. 10:37). En otras palabras, junto a su amor principal a Dios, Jesús exigió su afecto más alto y compromiso radical hacia él mismo.

Esto no debería provocar sorpresa alguna. “El discipulado se determina por la relación con Cristo mismo…”, enfatizó D. J. Bosch.3 Y hacemos bien al recordar que desde que Jesús desafió a sus discípulos potenciales con las palabras “síganme,” él no los invitó a conectarse con cierto sistema de pensamiento o proyecto, sino a comprometerse con él como persona; no los llamó a un mero programa sino a una relación transformadora de vidas. Aparte de estampar el mandamiento familiar más grande en las mentes de los discípulos, Jesús también los enfrentó con un encargo recién hecho: “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros” (Jn. 13:34, cf. 15:12). Incuestionablemente la idea que tenían que amar a otros no era nueva para los once galileos. La Torá ya había bosquejado la obligación moral claramente (cf. Lv. 19:18.33, Dt. 10:19). Además Jesús había señalado el asunto repetidas veces en su enseñanza, en particular a través de la parábola gráfica del buen samaritano (Lc. 10:25-37).

Sin embargo lo que fue nuevo para los discípulos fue el mandato que deberían amarse los unos a los otros con la calidad del amor que Jesús había exhibido hacia ellos. Así como el amor del Padre para el Hijo había llegado a ser el modelo para el amor del Hijo por sus discípulos (Jn. 15:9), así el Hijo les encargaba ahora a los discípulos que tomen su amor por ellos como modelo para el amor de los unos a los otros (Jn. 13:34). Este tren de pensamiento da lugar a la formulación de un principio de desarrollo de liderazgo cardinal. Desde una perspectiva bíblica, cualquier mentor tiene que reflejar en su relación con sus entrenados el tipo de amor que Dios mostró a su Hijo y el que Hijo a su vez ejemplificó en su entrenamiento de los Doce; ese mismo tipo de amor también tiene que gobernar la interrelación entre los entrenados.

Por supuesto que surge una pregunta con respecto a lo que constituye este amor. La palabra griega usada en el Nuevo Testamento para denotar una fuerte preocupación benevolente por el bienestar de otro es la palabra agápe. Según W. Günther y H.-G. Link agápe se ha registrado una sola vez fuera de las Escrituras.5 La única calidad de amor, que significa agápe, puede ser considerada como la característica distintiva de todos los seguidores genuinos de Jesucristo (cf. Jn. 13:35).

El apóstol Pablo puso a agápe como el centro del estilo de vida cristiano (cf. Col. 3:14, Ef. 5:2, 1 Co. 16:14) y definió en 1 Corintios 13:4-7 el carácter del verdadero amor con más detalles que en cualquier otro pasaje bíblico:

El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

Jesucristo personificó cada una de estas características de forma perfecta. Por consiguiente parece adecuado y beneficioso estar de acuerdo con la definición de T. Campolo en que “es amor es una decisión de hacer por la otra persona lo que Jesús haría por esa persona si estuviese en su lugar.”

El amor de Dios y de Cristo por la humanidad fue visto por Pablo cuando Dios envió a su Hijo (cf. Gá. 4:4) y su Hijo murió crucificado en la cruz (cf. Ro. 5:8). Una revelación de este amor divino de sacrificio, totalmente inmerecido por el hombre, debería inspirar como respuesta natural una actitud de amor hacia la Divinidad así como el prójimo de uno. Sin embargo agápe no puede ser producido por el hombre mismo, no es una creación humana sino una donación divina, porque “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Ro. 5:5). Mediante el rol medidor del Espíritu somos capaces de acercarnos a los recursos sobrenaturales de Dios, para ser parte de su amor divino; Gálatas 5:22 nombra al amor primero entre los componentes del fruto del Espíritu.

Dentro del agápe que emana de la Trinidad se halla una influencia directiva la cual articuló el apóstol Pablo cuando señaló que “el amor de Cristo nos constriñe…” (2 Co. 5:14). Traducciones alternativas del verbo synecho promueven nuestro entendimiento de la frase explicando que el amor de Cristo cautiva, controla, constriñe e impulsa. Para ponerlo diferente, el amor de Cristo ejercita tanto una función motivadora como reguladora, busca mantenernos dentro de la órbita de los propósitos de Dios.

 Vez tras vez en el transcurso de la historia de las misiones, hombres han seguido el llamado de Dios hasta los confines de la tierra y se han entregado al servicio ferviente, porque el amor de Cristo los dominó. W. G. Blaikie cerró su biografía de David Livingstone, el connotado misionero y explorador, con las palabras, “…fue el amor de Cristo que lo obligó a vivir y morir por África.”7 Y J. Hudson Taylor subrayó, “Una cosa, y sólo una cosa, sostendrá a los hombres, y los hará y mantendrá exitosos; el AMOR DE CRISTO, que constriñe y sostiene, y ése es el único poder adecuado.”

Reflexionando más en el concepto de Pablo del “amor de Cristo,” es importante darse cuenta que puede entenderse como que se designa a Cristo como el sujeto así como el objeto de este amor; en otras palabras, la expresión combina los aspectos del amor de Cristo por nosotros (cf. Ro. 8:35) y de nuestro amor por Cristo (cf. 1 Co. 16:22).

Es en esta fusión de amor recibido con amor correspondido (cf. 1 Jn. 4:19) que todo el envolvimiento misionero, incluido el desarrollo de liderazgo, debería encontrar su motivación legítima. Su gratitud por el amor divino experimentado personalmente, vinculado con el agápe divino transmitido hacia su corazón a través del Espíritu Santo, debe de animar al misionero a dedicarse a Dios para el servicio abnegado entre los hombres. Ni el conocimiento de la necesidad y perdición del hombre ni el desafío de obediencia a la Gran Comisión representan la motivación suprema para las misiones, sino más bien la respuesta agradecida de amor ferviente al agápe incomparable mostrado primero en Dios al enviar a su Hijo, quien puso su vida en la cruz como el Salvador de la humanidad. Es necesario que se tenga presente que nuestro compromiso con el cumplimiento de los propósitos globales de Dios siempre es un producto y no un sustituto de nuestro amor por Cristo; Jesús primero debe llegar a ser el enfoque de nuestro afecto antes que llegue a ser el enfoque de nuestro compromiso.

La devoción amorosa a Jesucristo asegura también una motivación de sacrificio. El fundador de la Misión del Corazón de África, Charles T. Studd, llegó a ser conocido por su lema: “Si Cristo es Dios y murió por mí, entonces ningún sacrificio puede ser demasiado para hacer por Él.” James Chalmers, misionero pionero al Pacífico Sur, declaró que fervientemente deseaba “gastar y ser gastado entre los paganos.”De Toyohiko Kagawa, el connotado cristiano japonés y reformador social, su biógrafo W. Axling registró: “El amor de Cristo, la pasión por hacerse amigo del pobre y hacer que el camino de vida de Jesús sea el disolvente del problema de la pobreza condujo a Kagawa a dedicar su vida a los suburbios.

Finalmente, el verdadero amor por Cristo también provee una motivación ardiente. Count Zinzendorf, la figura principal en el Avivamiento Moravo de 1727, afirmó: “Tengo una pasión – es Él y sólo Él.” Sobre James Gilmour, pionero a Mongolia, leemos que “su alma estaba en llamas con amor al Salvador y a los paganos condenados.” “Si tuviese mil vidas,” reveló J. Hudson Taylor, “China debería pedir cada una de ellas. ¡No, no China, sino Cristo! ¿Podemos hacer demasiado por Él? ¿Podemos hacer suficiente para tal Salvador?”

En relación a la base motivacional apropiada para instruir en el contexto de las misiones, hacemos bien al prestarle atención a la exhortación: “Si es verdad que la calidad de su espíritu es algo esencial que lleva a su tarea de liderazgo, entonces la administración de su propia motivación debe tener suma prioridad.” Antes que nos lancemos a inspirar y equipar a otros para la promoción de la causa global de Dios, primero debemos asegurar el fundamento motivacional correcto en nuestras vidas. Tenemos, con toda honestidad, que tratar con la pregunta que le hizo tres veces el Maestro a Simón Pedro (cf. Jn. 21:15-17) y que todavía le hace a cualquier aspirante a líder hoy en día: ‘¿Me amas?’ Sólo el amor ardiente por Cristo como persona junto con el amor abnegado por aquellos que están alrededor nuestro nos calificarán para abordar la tarea de liderazgo espiritual en una forma que agrade a Dios y honre a Cristo. “El liderazgo cristiano es un liderazgo de amor,” W. L. Duewel resumió y agregó, “Como líder cristiano usted lidera en el nombre de Cristo, de parte de Cristo, en el espíritu de Cristo y para la gloria de Cristo. Sólo se puede hacer esto cuando lidera con el amor de Cristo.”

Del libro mentoría para misiones de Günter Krallmann

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