Mentoría para las Misiones Por Günter Krallmann #4

by | Nov 8, 2017 | Ministerio | 0 comments

Mentoría para las Misiones Por Günter Krallmann #4

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La Utilización de la Compañía de Jesucristo al Discipular a los Doce

Su Llamado a la Continuación

 En Mateo 10:27 Jesús desafió a sus discípulos, “Lo que os digo en tinieblas, decidlo en la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde las azoteas.” Este encargo develó el deseo del Maestro de ver a su entrenamiento oculto de los Doce sacado a la luz en el ministerio público. Más específicamente intentaba que en el futuro continúen y lideren la misión que había venido a comenzar.

Mientras que Jesús estaba con su grupo central escogido de seguidores, repetidamente anunció su sufrimiento, muerte y resurrección venideros (Mr. 8:31, 9:31, 10:32-34). Especialmente la última vez que tuvo comunión extendida con los discípulos antes de la entrega de Judas Iscariote, Jesús buscó poner su atención en su partida inevitable (Jn. 13:33, 14:2.4.12.28, 16:5.7.10.16.28, 17:11.13). Una mirada cercana a varios conceptos claves que Jesús usó en relación con los Doce revela con una claridad en particular que de hecho preparó a sus acompañantes todo el tiempo con la perspectiva de que continúen su obra.

 Al principio mencionó su meta de discipularlos para que se conviertan en “pescadores de hombres” (Mr. 1:17), y desarrollarlos en hombres que pudiesen atraer a multitudes a su Padre. Cuando invitó a los Doce a una consociación cercana, lo hizo “designándolos apóstoles” (Mr. 3:14), porque el entrenamiento que estaban a punto de experimentar fue diseñado para calificarlos para ser enviados a representar su causa divina por la humanidad. Repetidas veces Jesús representó en sus mentes la imagen de una cosecha (Mt. 9:37.38, 13:30, Mr. 4:29, Jn. 4:35), indicando su rol futuro en la siega de almas para Dios. Durante la Última Cena el Maestro hizo el pronunciamiento asombroso que aquellos que creyeran en él lograrían cosas “aún mayores” (Jn. 14:12) que las que hizo mientras estaba en la tierra, y así animó a sus amigos con la posibilidad de que Dios los use de formas nuevas y poderosas para el establecimiento de su reino.

Es esencial notar que al imaginar el futuro envolvimiento de sus discípulos, Jesús no sólo anticipó una continuación de su ministerio, sino que previó crecimiento, expansión y multiplicación, – en resumen, el surgimiento de un movimiento. “No queremos aseverar,” escribió D. Flusser, “que Jesús quería fundar una iglesia o incluso una simple comunidad, sino que quería comenzar un movimiento,” y en opinión de J. H. Charlesworth el Maestro de Nazaret “con seguridad puso a mover el Movimiento Palestino de Jesús.”

Varias afirmaciones del Maestro no nos dejan duda que este cuadro de un movimiento en evolución, por el cual trabajó pero que sólo podía imaginar por fe durante su andar entre los hombres, fue una faceta prominente de la estrategia que buscó. Esto se refleja en la parábola que Jesús consideró cardinal para el entendimiento de su enseñanza de parábolas en general (Mr. 4:13), concretamente la parábola del sembrador, donde la semilla que cayó en buen terreno produjo una cosecha múltiple de treinta, sesenta y cien veces más que la cantidad originalmente sembrada. Esto brilla mediante su comparación de la extensión del reino de Dios con el crecimiento de una semilla de mostaza (Mt. 13:31.32). Es evidente en el principio que señaló en Juan 12:24 en el que un grano de trigo que muere generará muchas nuevas semillas. Además lo vemos a flote en su oración cuando visualizó e incluyó en sus intercesiones a todos aquellos que llegarían a creer a través de las palabras de los discípulos (Jn. 17:20).

El mensaje que Jesús llegó a entregar, las buenas nuevas del amor de Dios por un mundo perdido en pecado (cf. Jn. 3:16), fue de tal importancia trascendental que no debía permanecer como un privilegio para unos cuantos sino ser universalmente compartidas. Por consiguiente Jesús se propuso comenzar un movimiento, estableciendo su punto de inicio y fundación a través de su entrenamiento intensivo del núcleo de los Doce. Su crecimiento futuro dependería y se arraigaría del ministerio que los discípulos ejercitarían en los días venideros.

Dándose cuenta perfectamente de la necesidad de la gente por dirección apropiada (cf. Mt. 9:36), Jesús preparó a conciencia a sus seguidores más cercanos para las responsabilidades de liderazgo futuras dentro del movimiento futuro. Lo hizo, como hemos visto anteriormente, principalmente a través del modelamiento (cf. Mt. 11:29, Jn. 13:15), pero también les proveyó enseñanza en los asuntos de liderazgo específicos (e.g. Mr. 10:42-45, Lc. 16:10-12; Jn. 21:15-18). Además les dio la oportunidad de aplicar de manera práctica lo que habían aprendido.

Lo que ilumina esto es el ejemplo encontrado en Mateo 10:1-42. Después que los discípulos habían podido observar por un período de tiempo extendido cómo Jesús llevó a cabo varias actividades de ministerio, los condujo a que ellos lleguen a ser una respuesta a sus propias oraciones (cf. Mt. 9:38) mediante la asignación de tareas. Esto último estuvo restringido, puesto que a los Doce se les comisionó a los judíos como su único grupo objetivo (Mt. 10:5-6), así como imitativo porque tenían que moverse emulando el ministerio de su Maestro (cf. Mt. 10:7.8).

Cuando Jesús les delegó autoridad a sus entrenados (cf. Mt. 10:1) y los envió por su camino, estos doce “misioneros aprendices,”53 como los llamó A. B. Bruce, experimentaron “un experimento educacional.” Pudieron ganar experiencia poniendo en práctica su conocimiento teórico, pudieron adquirir habilidades ministeriales adicionales, tuvieron la oportunidad de aprender en áreas como la confianza personal en Dios, poniendo en sus hombros responsabilidad y rendición de cuentas. Realmente pudieron progresar en madurez y tuvieron un anticipo de lo que su futura existencia como apóstoles les tenía guardada.

Así como la consociación y la ejemplificación, la delegación que facilitó la implementación formó otro ingrediente importante en el método de desarrollo de liderazgo con los Doce de Jesús. Al cerrar la reunión de la Última Cena en oración con sus amigos, Jesús elevó a su Padre celestial la evaluación extraordinaria, “Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese” (Jn. 17:4). Sin duda un componente vital en esta obra confiada fue la mentoría de los Doce, a la que Jesús podía mirar en ese momento con un sentido de cumplimiento.

Los discípulos mismos eran conscientes de los esfuerzos de Jesús por prepararlos para el liderazgo espiritual. Aparte de la enseñanza que recibieron, no podían dejar de observar que incluso dentro de este grupo de doce Jesús estableció círculos de influencia más cercanos. Desde una perspectiva no de espiritualidad sino de idoneidad, se invirtió particularmente en las vidas de Simón Pedro, Juan y Jacobo. Hubo ciertas experiencias notables que otorgó solamente a estos tres (Mr. 5:37, Mt. 17:1-9, Mr. 14:33-42). Además llegó a ser obvio que le prestó atención especial al desarrollo de Pedro (e.g. Mt. 17:25-27, Lc. 22:31.32, Mr. 16:7, Jn. 21:15-19). Es interesante que fuese él quien en retrospective mostrase el conocimiento distintivo del acicalamiento de los seguidores del Maestro para que sean líderes (cf. Hch. 1:20).

Comentando sobre la aventura, pero también sobre la sabiduría inherente en la crianza de los Doce para que continúen la misión de Jesús, R. E. Coleman reconoció, “Literalmente apuntaló todo su ministerio en ellos. El mundo podría ser indiferente con Él y no frustrar Su estrategia.” Aunque uno debe reconocer que la confianza de Jesús en la efectividad del método que había emprendido (cf. Jn. 15:27) no reposaba en la aptitud natural de los candidatos que seleccionó ni en los esfuerzos de mentoría. A pesar del mejor desarrollo de liderazgo desplegado en hombre alguno, i.e. aquel que Jesús había hecho disponible para los Doce, el Maestro no los consideró suficientemente equipados para asumir las responsabilidades de liderazgo que deseaba y anticipaba para ellos. Esto llegó a ser singularmente aparente en su discurso en la Última Cena, cuando, dedicándose predominantemente a lo que sostendría a los discípulos después de su partida inminente, explicó con énfasis notable y detalles el carácter y rol del Espíritu Santo.

De los cuatro evangelios obtenemos amplia evidencia con respecto a cuán íntima y esencialmente estuvo involucrado el Espíritu Santo en la vida y ministerio de Jesús (cf. e.g. Mt.1:18, 3:16, Mr. 1:12, Lc. 4:14.18, Jn. 1:33). Mientras que los sinópticos proveen escasa enseñanza sobre el Espíritu Santo (cf. e.g. Lc. 11:13, Mr. 3:28.29, Mt. 10:20, 28:19), Juan nos otorga instrucción comprensiva sobre la personalidad y la obra de la Tercera Persona de la Trinidad (e.g. Jn. 3:5-8, 7:39, 14:16-18:26, 15:26, 16:7-15).

Poco después que Judas se retiró en la noche (Jn. 13:30), Jesús comenzó a explicarles a los Once restantes cómo es que en el futuro el Espíritu Santo estaría con ellos (cf. Jn. 14:16) y les ayudaría de varias formas. Como “el Espíritu de verdad” (Jn. 14:17) sería su maestro (Jn. 14:26), de hecho iba a guiarlos “a toda la verdad” (Jn. 16:13) y traerles a la memoria todo lo que Jesús les había dicho (Jn. 14:26). Iba a convencer de pecado así como convencer de justicia y de juicio (Jn. 16:8). Además testificaría sobre Jesús (Jn. 15:26) y lo glorificaría (Jn. 16:14). En esencia el Espíritu Santo les revelaría a los discípulos la plenitud de Cristo y mantendría su enfoque en él.

Es pertinente el hecho que Jesús les enfatizó a los Once el rol del Espíritu como “Consolador” (Jn. 14:16.26, 15:26, 16:7). La palabra griega empleada en estas instancias, parákletos, que literalmente significa “llamado para estar al lado de uno, i.e. para ayuda de uno,”57 fue en el uso clásico principalmente un término forense y significaba “el consejero de un acusado, o su representante o abogado en una corte de ley.”58 De hecho entonces Jesús les hizo saber a sus discípulos que después de su partida el Espíritu Santo se les acercaría para representar su causa primero ante ellos y luego a través de ellos ante el mundo; el Espíritu Santo vendría en su ayuda como abogado, consolador y exhortador.59

De hecho también es importante que en Juan 14:16 Jesús habló de “otro Consolador.” Una vez más recurrimos al griego porque álos (“otro”) expresa una mera distinción numérica y no una diferencia en cualidad, que designa un espécimen adicional del mismo tipo. En otras palabras, los Once recibieron de Jesús, que es llamado parákletos en 1 Juan 2:1, el compromiso de que el Espíritu Santo vendría a reemplazarlo, “tomaría exactamente el mismo lugar con ellos en el reino invisible de la realidad que Jesús había llenado en la experiencia visible de la carne…”,61 para ejercitar un ministerio en nombre de los discípulos que en naturaleza estaría en paralelo al que Jesús llevó a cabo mientras estaba con ellos.

Una observación que supuestamente dejó anonadados a los discípulos fue la afirmación de Jesús, “Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya…” (Jn. 16:7). ¿Cómo podría ser ventajoso y beneficioso para ellos que su amado Maestro se vaya? Jesús dio la respuesta señalando que el Espíritu no sólo estaría con ellos sino de hecho en ellos (Jn. 14:17). Su presencia temporal pronto sería suplantada por la presencia moradora del Espíritu en sus corazones. La consociación física de Jesús, restringida por el tiempo y el espacio, estaba a punto de ser sustituida por la consociación divina universal del Espíritu Santo. Mediados por la compañía del Espíritu, los discípulos serían capaces de experimentar y acercarse a la compañía de Jesús, en todas partes y todo el tiempo.

Este rol mediador del Espíritu Santo sería absolutamente crucial para la continuación y éxito de la misión de Jesús en el futuro. Sólo de este modo su promesa, “aquí yo estoy con vosotros todos los días…” (Mt. 28:20) se convertiría en una realidad viviente para ellos; sólo de esta forma la presencia moradora del Espíritu liberaría en sus vidas los requisitos sobrenaturales para continuar y representar adecuadamente la causa global de Cristo, para seguir apropiadamente su ejemplo y dar liderazgo capaz al movimiento que le había dado inicio.

Jesús no le ocultó a sus amigos que todavía tenían necesidad de entrenamiento adicional: “Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar” (Jn. 16:12). Pero estaba convencido que el Espíritu Santo proporcionaría el entrenamiento necesario. Es verdad, la entrada en funciones del Espíritu cambiaría la persona del mentor pero no el programa. No hay disparidad en propósito entre los miembros de la Trinidad, y el Espíritu Santo, Jesús le informó a los Once, “no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere…” (Jn. 16:13) y “tomará de lo mío, y os lo hará saber” (Jn. 16:15). J. Denney lo dijo bien cuando formuló, “el Espíritu es el álter ego de Jesús.”

La declaración del Maestro, “Fuego vine a echar en la tierra; ¿y qué quiero, si ya se ha encendido?” (Lc. 12:49) da a entender su anhelo de que haya un poderoso movimiento poderoso. “El fuego estaba allí en el ministerio de Jesús,” dijo F. F. Bruce, “pero la tierra todavía no había captado el fuego.”63 El reconocer que la expresión de Jesús de ‘echar fuego en la tierra’ puede ser interpretada como “revolucionar el mundo,”64 fortalece el anhelo de Jesús de que haya una efusión poderosa del poder del Espíritu Santo para que ponga en llamas el mundo para Dios.

Con suma sabiduría y cuidado Jesús con anticipación acogió a los líderes que serían necesarios para canalizar tal movimiento creciente según sus propósitos divinos. ¿Iban a poder con los desafíos próximos? ¿La calidad de su desempeño en el liderazgo reflejaría la excelencia del desarrollo de liderazgo que había tenido el privilegio de disfrutar? Por supuesto, después de la partida cercana de Jesús podrían recurrir a sus experiencias de aprendizaje pasadas bajo su mentoría. Pero éste no sería su único recurso de asistencia, porque también estarían en la posición de beneficiarse de la futura consociación con Jesús facilitada por la cercanía permanente del Espíritu Santo. Así como el testimonio de Jesús se había mostrado con total suficiencia en el pasado, también sería así en los tiempos venideros, es decir les proveyó a los discípulos para cumplan su parte en el mantenimiento de una relación íntima con Jesús. Con razón el Maestro desafió explícitamente a los Once a que permanezcan con él (cf. Jn. 15:4-10).

Después de su resurrección Jesús proveyó a los discípulos con enseñanza adicional sobre el reino de Dios (Hch. 1:3) y definió su comisión (cf. e.g. Mt. 28:19.20, Mr. 16:15). Además ejerció un esfuerzo distintivo para hacer que entiendan a la fuente de poder que los calificaría para el logro de esta misma comisión (cf. Lc. 24:49, Hch. 1:8). Deseaba que sus seguidores obtengan la misma bendición que había sido preciosa para él, y anunció que necesitaban lo que él mismo había experimentado como indispensable. De aquí que les encargó que esperen y que no dejen Jerusalén (Hch. 1:4, Lc. 24:49) hasta que hayan sido dotados con el Espíritu Santo. Sin embargo, la liberación de esta compañía divina posibilitadora y empoderadora en las vidas y ministerios de sus seguidores tenía que ser acomodada por la oración. “Y yo rogaré al Padre…” (Jn. 14:16), Jesús se comprometió a sí mismo y su acción final antes de su ascensión fue bendecir a los discípulos (Lc. 24:50.51), que a su turno se dieron a sí mismos a la oración (Hch. 1:13.14).  Con el terreno preparado, en el día de Pentecostés los discípulos “fueron todos llenos del Espíritu Santo” (Hch. 2:4) y de esta forma equipados para abrazar y embarcarse en la tarea para la que Jesús los había designado: ir a todo el mundo como sus testigos.

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