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COSAS QUE DIFIEREN JOHN PHILLIPS #1

by | Dic 18, 2017 | Ministerio | 0 comments

Un axioma básico de la interpretación de la Biblia es que siempre debemos trazar una diferencia donde la traza Dios. La similitud no necesariamente significa identidad. Comenzaremos por:  EL JUDÍO, EL GENTIL Y LA IGLESIA DE DIOS

Dios ha dividido a la raza humana en tres categorías: judíos, gentiles y la Iglesia de Dios (1 Co. 10:32). Estas tres categorías son distintas entre sí; no las debemos mezclar. El amilenarista, al tomar profecías de Israel y aplicarlas a la Iglesia, le quita la espiritualidad a gran parte de la verdad divina, robándole a Israel su futuro nacional y negando la era milenaria venidera cuando Cristo reinará sobre la tierra y triunfará sobre todos sus enemigos.

Uno de los pasajes favoritos de las Escrituras para un amilenarista es Romanos 11. Su error reside en interpretar que se habla de la Iglesia en Romanos 11. El tema de este importante capítulo no es la Iglesia, sino el lugar de los judíos y los gentiles en la esfera del privilegio espiritual. Se toma en cuenta a los cristianos en Romanos 8, pero en Romanos 9, 10 y 11 el tema es la relación del pueblo judío con los propósitos de Dios a la luz del hecho de que la nación había crucificado a su Mesías y ahora se resistía al Espíritu Santo. En Romanos 9, Pablo analiza el trato pasado de Dios con Israel y encuentra la clave de la historia hebrea en la soberanía de Dios. En el capítulo 10, observa el trato presente con Israel y ve que es la salvación de Dios lo que controla su trato con el pueblo judío en esta era. No hay diferencia entre el judío individual y el gentil. La salvación se ofrece a todos bajo la misma base: la fe en el Señor Jesucristo. En Romanos 11 Pablo aborda el trato prometido por Dios a Israel y halla la clave en la sinceridad de Dios. Dios tiene la intención de cumplir con su palabra prometida a la nación de Israel.

Para comprender Romanos 11 debemos ver que el tema son los judíos y los gentiles. Pablo dice: “a vosotros hablo, gentiles” (v. 13). Las amenazas y advertencias que siguen no están dirigidas a la Iglesia, ni conciernen a ésta, si bien son para el aprendizaje de la misma.

De acuerdo a Romanos 11, Israel ha perdido su lugar de privilegio religioso. Éste le ha sido dado ahora a los gentiles, que han llegado al bien que Israel desdeñó. Hoy día los gentiles (descritos como ramas de olivo salvajes), a través de la fe en Cristo, son injertados en el árbol de olivo del privilegio religioso. Las ramas naturales (los judíos) han sido quebradas.

Abraham es la raíz del olivo, puesto que las promesas fueron depositadas en él. El árbol es la raza de Abraham, es decir, Israel. Las ramas naturales son los judíos que primero participaron de la nutrición de la raíz. En esta era, los judíos han sido quebrados y retirados del árbol y los gentiles han sido injertados en él. Después del retiro de la Iglesia, sin embargo, el pueblo judío será nuevamente injertado en el lugar de privilegio religioso. A lo largo de la era milenaria, fluirán bendiciones para otros a través de la nación de Israel.

En nuestra era los gentiles son injertados en la raíz del olivo. Los gentiles no se convierten en judíos a fin de recibir las bendiciones espirituales de Abraham, ese fue un error gálata. Ni tampoco se tornan “de Israel”. Continúan siendo gentiles pero gentiles que ocupan la posición de privilegio que una vez ocuparon los judíos.

Dos expresiones utilizadas en el Nuevo Testamento nos ayudan a entender qué ha sucedido. Una es “los tiempos de los gentiles”, una frase usada por el Señor Jesús (Lc. 21:24); la otra es “la plenitud de los gentiles”, una frase utilizada por Pablo (Ro. 11:25).

La expresión “los tiempos de los gentiles” tiene que ver con la ascendencia política de Israel sobre las naciones. Esta le fue quitada a Israel, debido a sus repetidas apostasías y se entregó a Nabucodonosor y a sus herederos subsiguientes el poder mundial gentil. La expresión se refiere a un largo período durante el cual Jerusalén está bajo el poder gentil. Comenzó con Nabucodonosor y terminará con el reinado de la Bestia y la batalla de Armagedón.

La “plenitud de los gentiles” tiene que ver con la ascendencia religiosa de Israel sobre las naciones. Durante dos mil años, si Dios tenía algo que decir, lo hacía en hebreo a través de un judío. Le otorgó a la nación de Israel enormes promesas religiosas y privilegios y luego coronó todas sus otras bendiciones enviándole a su Hijo para que fuera su Mesías. Sin embargo, cuando Israel coronó todas sus otras apostasías rechazando al Señor Jesucristo, Dios les quitó sus privilegios religiosos y se los entregó también a los gentiles.

Sin embargo, en la Iglesia no hay un judío ni un gentil como tal, si bien, de hecho, predominan los gentiles. La ascendencia gentil comenzó a principios del libro de Hechos. El centro de actividad pasó de Jerusalén a Antioquía y luego a Corinto, Éfeso y Roma. La luz y energía de la bendición del evangelio reside en manos gentiles, no judías. Cuando Jesús regrese para establecer su reino milenario, se restaurarán los propósitos originales de Dios. Se restaurará el poder político y el privilegio religioso a una Israel regenerada. Equiparar a la Iglesia con Israel es perderse el propósito de Romanos 11. Dios separa al judío del gentil y de la Iglesia y nosotros debemos hacer lo mismo.

LA IGLESIA Y EL REINO También debemos diferenciar entre la Iglesia y el reino. La Iglesia no es una continuación de la nación judía bajo otro nombre y bajo medios espirituales. Es por completo una entidad separada. Cuando Cristo dijo: “sobre esta roca edificaré mi iglesia” (Mt. 16:18) Él estaba hablándoles a sus discípulos, a los judíos, a los ciudadanos de la nación de Israel pero también estaba prediciendo la venida de algo nuevo. La mayoría de la enseñanza profética del Antiguo Testamento y en los Evangelios tiene que ver con el reino. Si leemos “la verdad de la Iglesia” en pasajes que tratan de la “verdad del reino”, no interpretaremos correctamente la Palabra de Dios.

El hecho de no distinguir entre el reino y la Iglesia ha derivado en la edificación de magníficas catedrales, la ordenación de sacerdotes rituales y la introducción al cristianismo de ordenaciones semi-judías llamadas “sacramentos”. La cabeza visible de la Iglesia católica romana en realidad sostiene el señorío sobre las naciones y rige en pompa y estado como un emperador con todas las trampas y maquinaria de poder mundano. Pero la Iglesia no es un reino. El Señor Jesús es la “cabeza” de la Iglesia (Ef. 1:22), pero Él nunca es nombrado como su rey. La Iglesia es un “misterio” no revelado en el Antiguo Testamento pero el reino no era un misterio. Era el tema de una amplia profecía del Antiguo Testamento. El propósito de Dios en esta era no es el de establecer un reino vasto y visible, sino construir una Iglesia, una ekklesia, una compañía de “convocados”. Él está convocando al mundo a “un pueblo para su nombre” (Hch. 15:13-18). Dios va a establecer un reino visible sobre esta tierra pero no lo hará hasta que Él haya completado la Iglesia y terminado su obra actual. El reino se establecerá después del arrebatamiento de la Iglesia, no antes.

Se usan tres expresiones en el Nuevo Testamento para colocar delante de nosotros la verdad relacionada con el reino. Está el reino de Dios, una expresión que se asocia especialmente con la salvación: “El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Jn. 3:3). En el tiempo actual “la gracia reine por la justicia” (Ro. 5:21). Al final del libro de Hechos vemos a Pablo “predicando el reino de Dios y enseñando acerca del Señor Jesucristo” (Hch. 28:30-31).

Está el reino de los cielos, una expresión altamente técnica hallada únicamente en el evangelio de Mateo, un evangelio con un fuerte énfasis judío. La expresión se refiere al gobierno de los cielos sobre la tierra en respuesta a la oración del Señor de Mateo 6:10. Que este reino exista en forma de misterio hoy día resulta claro de Mateo 13:11. No está abierta y visiblemente establecido sobre la tierra, sino que solo existe en la sumisión voluntaria de los creyentes a la voluntad de Dios. Debe trazarse una distinción entre el reino de Dios y el reino de los cielos.

Es cierto, se emplean determinadas parábolas en conexión tanto con el reino de Dios como con el reino de los cielos pero la similitud en algunos puntos no significa identidad en todos los puntos. Las personas no salvas se incluyen en el reino de los cielos y éstos serán finalmente retirados (Mt. 8:12; Lc. 13:28-29). No hay personas no salvas en el reino de Dios (Jn. 3:3, 5). Cuando se emplean parábolas en relación con ambos reinos, el propósito es el de atraer atención, en cuanto a lo que concierne al reino de Dios, a las doctrinas de corrupción que lo atacan.

Las parábolas de misterio de Mateo 13 dejan en claro que el reino de los cielos no será introducido por la conversión gradual del mundo al cristianismo, sino que será establecido por juicios catastróficos. Se impondrá sobre la tierra por poder divino en Armagedón. Durante el milenio todos los pueblos serán súbditos del reinado (1 Co. 15:24-27).

Como resultado de la dominación de toda iniquidad y oposición a Dios, se introducirá el reino del Padre (Mt. 13:43; 1 Co. 15:28). La expresión se refiere al estado fijo que prevalecerá en la eternidad cuando sean barridos para siempre el pecado y la congoja. Así, leemos sobre “cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia” (2 P. 3:13). En este estado, la justicia no deberá ser impuesta; será el fruto natural de la redención a través del poder regenerativo del Espíritu Santo.

La Iglesia, única en el plan de Dios, comprende a todos los que reciben a Cristo como Salvador entre Pentecostés y el arrebatamiento. Todos esos creyentes son bautizados por el Espíritu Santo en el cuerpo místico de Cristo. En este cuerpo desaparecen las diferencias raciales del cuerpo (tales como judío y gentil) (Ef. 2:11-18). Hoy día, la prédica del evangelio no tiene la intención de traer a hombres y mujeres al reino en sus aspectos físicos y temporales; tiene la intención de traer

hombres y mujeres al reino en sus aspectos morales y espirituales. Debemos dejar la introducción del reino físico al Señor que, en su propio y oportuno momento, tratará con todos sus enemigos e impondrá su imperio sobre la tierra.

Hoy día, en los lugares donde se oye y se sigue el evangelio, éste lleva a la gente a una relación cuádruple con Dios. Están en la Iglesia de Cristo por medio del bautismo del Espíritu (1 Co. 12:13). Se vuelven súbditos del reino de los cielos, responsables de obedecer los preceptos de Cristo. Están en el reino sempiterno de Dios como los que ya poseen su vida y naturaleza (2 P. 1:2) y como tales tienen la esperanza bendita de ser arrebatados para estar por siempre con el Señor (1 Ts. 4:13-18). Además, tienen la seguridad de que el Señor finalmente establecerá su gobierno sobre la tierra. Y más allá de toda dispensación temporal, pueden esperar con ansias el estado eterno donde el pecado nunca podrá entrar y donde Dios siempre estará entronado entre su pueblo.

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