Charles Spurgeon sobre “todos”

by | Jul 21, 2016 | Ministerio | 0 comments

Charles Spurgeon sobre “todos”

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¿Qué entonces? ¿Trataremos de poner otro significado dentro del texto el cual sea diferente al que muestra con justicia? No lo creo. Ustedes deben, la mayoría de ustedes, estar familiarizados con el método general con el cual nuestros viejos amigos calvinistas tratan este texto. “Todos los hombres,” dicen ellos, —“significa, algunos hombres”: como si el Espíritu Santo no habría podido decir “algunos hombres” si hubiese querido hacerlo. “Todos los hombres,” dicen ellos; “significa algunos de toda clase de hombres”: como si el Señor no hubiese podido decir “toda clase de hombres” si hubiese deseado eso.

El Espíritu Santo, mediante el apóstol, ha escrito “todos los hombres,” e incuestionablemente se refiere a todos los hombres.

Sé cómo deshacerme de la fuerza de “todos” según ese método crítico que hace algún tiempo era muy común, pero no veo cómo se puede aplicar aquí con la debida consideración de la verdad.

Justo ahora estaba leyendo la exposición de un doctor muy capaz que explica el texto minimizándolo; le aplica pólvora gramatical, y le hace explosión al exponerlo.

Cuando leí su exposición pensé que habría sido un comentario muy magistral si el texto hubiese dicho, “el cual no quiere que todos los hombres sean salvos ni vengan al conocimiento de la verdad.” Si ese hubiese sido el lenguaje inspirado cada comentario del doctor educado habría estado exactamente conforme, pero al ver que el texto dice, “el cual quiere que todos los hombres sean salvos,” sus observaciones llegan a estar un poco fuera de lugar.

Mi amor por la coherencia en mis propios puntos de vista doctrinales no es lo suficientemente grande como para alterar adrede un simple texto de la Escritura.

Le tengo gran respeto a la ortodoxia, pero mi reverencia a la inspiración es mucho más grande. Preferiría parecer ser incoherente conmigo mismo cientos de veces que ser incoherente con la palabra de Dios. Nunca pensé que fuese un gran crimen parecer incoherente conmigo mismo, ¿por qué quién soy yo para que debiera ser coherente eternamente?

Pero sí pienso que es un gran crimen ser muy incoherente con la palabra de Dios

al querer podar una rama o incluso una ramita de un simple árbol del bosque de la Escritura. Dios no quiera que corte o le dé forma, incluso en el más mínimo grado, a cualquier expresión divina. Al ver el texto podemos leer,

“Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad.”

¿No dice el texto que el deseo de Dios es que los hombres sean salvos? La palabra “desea” le da más fuerza al original y es así que el pasaje puede decir—“el cual desea que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad.” Así como es mi deseo que sea así, como también es su deseo que así pudiera ser, así también es el deseo de Dios que todos los hombres sean salvos; porque con seguridad, Él no es menos benevolente que nosotros. Luego se nos presenta la pregunta, “Pero sí eso desea, ¿por qué no lo hace así?” Mi estimado amigo, ¿nunca ha escuchado que un tonto puede hacer una pregunta que un sabio no puede responder?, y, si eso es así, estoy seguro que una persona sabia, como usted, puede hacerme muchas grandes preguntas que, un tonto como yo, todavía no es lo suficientemente tonto para intentar responderlas. Su pregunta es sólo una forma del gran debate de todas las eras, —“Si Dios es infinitamente bueno y poderoso, ¿por qué su poder no lleva a cabo toda su beneficencia a plenitud?” Es el deseo de Dios que el oprimido sea libre, pero hay muchos oprimidos que no están libres. Es el deseo de Dios que el enfermo no sufra. ¿Lo duda? ¿No es su propio deseo? Pero aun así el Señor no realiza un milagro para sanar a cada enfermo. Es el deseo de Dios que sus criaturas sean felices. ¿Niega eso? Él no se interpone mediante alguna agencia milagrosa a que seamos felices, y sería malvado suponer que no desea la felicidad de todas las criaturas que ha creado. Tiene una benevolencia infinita la cual, empero, no se logra entender por su omnipotencia infinita; y si alguien me preguntase por qué no, no podría responder.

Nunca me he dispuesto a ser un explicador de todas las dificultades, y además no tengo deseo de hacerlo.

Es la misma vieja pregunta que hizo el hombre de color, “Oye, tú dices que el diablo hace el pecado en el mundo.” “Sí, el diablo está metido en ello.” “Y tú dices que Dios odia el pecado.” “Sí.” “¿Entonces por qué no mata al diablo y le pone fin a todo?” Tal cual. ¿Por qué no? Ah, mi amigo de color, se volverá blanco antes que se responda la pregunta. No puedo decirle por qué Dios permite la maldad moral, ni tampoco lo puede hacer el filósofo más capaz en la tierra ni el ángel más supremo en el cielo.

Esta es una de las cosas que no necesitamos saber. ¿Nunca ha notado que algunas personas que están enfermas y se ordena que tomen pastillas se muestran como tontas al masticarlas? Eso produce náuseas puesto que yo mismo lo he hecho. La forma correcta de tomar tal tipo de medicina es pasándola de una. Del mismo modo hay algunas cosas en la Palabra de Dios las cuales sin duda deben ser pasadas de una mediante un esfuerzo de fe, y no se deben masticar mediante el cuestionamiento perpetuo. Pronto tendrá, y no sé de qué tipo, duda, dificultad y amargura en su alma si tiene necesidad de saber lo inconocible y obtiene las razones y explicaciones de lo sublime y misterioso.

Que las doctrinas difíciles desciendan dentro de su alma mediante el gran ejercicio de la confianza en Dios.

Le agradezco a Dios por miles de cosas que no puedo entender. Cuando no puedo saber la razón del por qué me digo a mí mismo, “¿Por qué debería conocer el por qué? ¿Quién soy y qué soy para demandarle explicaciones a mi Dios?” Soy un ser más insensato cuando soy más sensato, y cuando mi juicio es más preciso no me atrevo a confiar. Prefiero poner mi confianza en mi Dios. En el mejor de los casos soy un pobre niño tonto: mi Padre lo debe saber mejor que yo. Un viejo hacedor de parábolas nos dice que se encerró para estudiar porque tenía que resolver un problema difícil. Su hijo pequeño vino a tocar la puerta y le dijo, “Vete, Juan: no puedes entender lo que papá está haciendo; deja en paz a papá.” El Maestro Juanito por esa misma razón pensó que debía entrar y ver lo que papá estaba haciendo—  

Un verdadero símbolo de nuestro intelecto soberbio; debemos fisgonear en los asuntos prohibidos y develar lo que está oculto.

Rápidamente en el alféizar, fuera de la ventana, se paró el Maestro Juanito, mirando por la ventana a su padre; y si su padre no lo hubiese retirado muy tiernamente de esa posición de mucho peligro, no habría quedado un Maestro Juanito que ejercite su curiosidad en elevaciones peligrosas sobre la faz de la tierra. Ahora, Dios algunas veces cierra la puerta y dice, “Hijo mío, las cosas son así: conténtate con creerlas.” “Pero,” gritamos tontamente, “Señor, ¿por qué es así?” “Son así, hijo mío,” dice. “Pero, ¿por qué Padre es así?” “Así con las cosas hijo mío, créeme.”

Luego vamos especulando, subiendo las escaleras del razonamiento, la adivinación, la especulación para llegar a las ventanas elevadas de la verdad eterna.

Una vez allí no sabemos dónde estamos, nuestras mentes dan vueltas y nos hallamos en todo tipo de incertidumbre y peligro espiritual. Si le prestamos gran atención a esto correremos grandes riesgos. No intento entrometerme con tales asuntos elevados. Ahí está el texto, y creo que es el deseo de mi Padre que “todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad.” Pero también sé que no desea salvar a ninguno de ustedes a menos que crean en su Hijo amado; porque nos ha dicho vez tras vez que no lo hará. No salvará a nadie a menos que olvide sus pecados y se vuelva a él de corazón: eso también sé. Y también sé que tiene un pueblo al cual salvará; pueblo escogido por su amor eterno, y por el cual mostrará su eterno poder. No sé cómo eso encuadra con esto; esa es otra de las cosas que no sé.

Si continúo diciéndoles todo lo que no sé, y todo lo que sé, le garantizo que las cosas que no sé estarán en relación de cien a uno con respecto a las cosas que sí sé.

Entonces no hablaremos más del asunto, sino simplemente nos dirigiremos a la parte más práctica del texto. El deseo de Dios sobre la salvación del hombre es este,—que los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad.

Los hombres son salvos, y los mismos hombres que son salvos llegan al conocimiento de la verdad. Dos cosas ocurren al mismo tiempo, y estos dos hechos dependen mucho uno del otro. La forma de Dios de salvar a los hombres no es dejándolos en ignorancia.

Es por el conocimiento de la verdad que los hombres son salvos; esto será el cuerpo principal de nuestro discurso, y para cerrar veremos cómo esta verdad les da instrucciones a aquellos que desean ser salvos y también a aquellos que desean salvar a otros. Que el Espíritu Santo haga que estas inferencias de cierre sean útiles de manera práctica.

Esta es nuestra proposición:

ES POR EL CONOCIMIENTO DE LA VERDAD QUE LOS HOMBRES SON SALVOS.

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